Angelus Novus

Angelus Novus
Walter Benjamin, Tesis IX

viernes, 9 de enero de 2015

“En el reino de los ciegos, el tuerto es rey”

Por Constanza Serratore 
(29 de mayo de 2013)

            Cómo nos hemos convertido en un país en el que los lázaros, los rudis, los fariñas, andan libremente exhibiendo sus autos – como metáfora de las tantas cosas de las que hacen gala- y nadie les pregunta cómo cuernos los han comprado. Cómo nos hemos convertido en el país en el que los mediocres llevan la batuta y los que nos importa un poquito la “cosa pública” terminamos cayendo en el paradigma del dinero mal habido, inspirados por cualquier delincuente y deseando valores para los que no nos fuimos preparando a lo largo de nuestras vidas. 
            En otros términos, cómo y por qué aparecieron estos tipejos y se han convertido en los que fijan la agenda política, ética y estética de un país como el nuestro. Pero, y más importante aún, cómo y por qué nosotros nos maravillamos de sus cosas, nos arrodillamos ante su poder y los endiosamos. ¿Por qué respetar a quién no respeta?, ¿es el respeto la cuestión de fondo? Creo que la respuesta es ambigua. Desde una perspectiva, es afirmativa. Esto se debe a que hemos dejado que los mediocres, los tuertos, avancen tanto en las cosas más pequeñas (como dejar pasar errores u omisiones porque consideramos que “está todo bien”) como en las más importantes (corrupción, robo, asesinatos, persecuciones, censura, ley anti-terrorismo, modificación express de la constitución, etc.).
Tal vez esto es así porque nosotros mismos nos hemos perdido el respeto y, de este modo, el hecho de que cualquiera nos lo falte no es “una gran cosa” –como dice mi abuela italiana-. Allí donde no importa lo nuestro, queda abierto un gran espacio para que los que sí tienen intereses que defender avancen y se planten.
            Así, los mediocres de hoy son como los judeocristianos de La genealogía de la moral de Nietzsche. Hombres débiles, defectuosos, que por sí mismos no hubieran jamás obtenido nada de respeto, pero que han visto el desierto e, inteligentemente, subvirtieron los valores. Convirtieron la corrupción en riqueza que debe ser mostrada, convirtieron la riqueza en El valor, convirtieron el mal gusto de la posesión y la exhibición, lo que avergonzaba a mi abuelo y me avergüenza también a mi, en algo positivo. Claro está, son la nueva élite. Cuántos tienen acceso al dinero del Estado, cuántos negocian con el Ministro de Obras Públicas o con la Ministro de Acción Social. Cuántos viajan con valijas llenas de dinero o tienen acceso a “financieras”.
            Pocos de nosotros, los del llano, entramos alguna vez a una “financiera” y, por lo general, es para cambiar los pocos pesos que pudimos ahorrar y comprar dólares o, peor, para vender los pocos dólares que pudimos juntar y pagar con los pesos las deudas que crecen producto de una inflación al mismo tiempo descontrolada y desconocida por el poder de turno. Nosotros somos los oi poloi –decían los griegos-, los muchos, los más, pero aún siendo los más bailamos al son de la élite de turno.
Pero esto no es nuevo, siempre los muchos han sido sometidos por la élite. La novedad reside en dos cuestiones. En primer lugar, la sociedad está completamente dividida; en segundo lugar, este gobierno pseudo-progresista se apoya en las mayorías electorales y desconoce a las minorías y, por lo tanto gobierna como élite sin reconocerse como tal. En efecto, lo propio de los gobiernos progresistas ha consistido siempre en el apoyo o defensa de las minorías. Este avasallamiento del gobierno so pretexto del 54% tiene más que ver con los gobiernos populistas que con los progresistas, antigua discusión que podemos datar en la diferencia latina de los términos plebs y populus.   
Pero, vamos por partes. En relación con la división de la sociedad, mucho hay para decir. Ciertamente la brecha está entre nosotros, los que no estamos en el poder ni ejercemos ningún poder. No somos ni gobierno ni grupos económicos. Entre nosotros se ha abierto una grieta casi imposible de rellenar. Están los que defienden el modelo más allá de las cuestiones que se les pueda objetar. Estos son los que llamaré “convencidos acríticos”. También estamos los que quedamos absolutamente por fuera del modelo porque somos “críticos convencidos” de que callando y cediendo ante el avance de las élites no se construye democracia.
Pero esta cuestión de la división en la sociedad me lleva a plantear algo más de fondo. En los últimos tiempos hemos leído incansablemente el lema “volvió la política” que intenta significar que gracias al matrimonio de gobierno se ha comprendido que la política no es negociación ni diplomacia. Ciertamente esta afirmación esconde un problema de fondo que, creo, es el gran problema de la década K. Sin necesidad de ponerme técnica, puedo recordar el concepto de política de Carl Schmitt. No es una novedad ni una originalidad traer a colación al jurista del nazismo para entender al kirchnerismo, ya lo han hecho los teóricos de este modelo, Ernesto Laclau y su mujer, Chantal Mouffe. Carl Schmitt entiende la política como el conflicto entre un amigo y un enemigo. En este caso, el conflicto se dirime con la eliminación del enemigo porque no hay lugar para la negociación o la diplomacia.
De este modo, el kirchnerismo enarbola un concepto de política supuestamente alejado de la matriz liberal que se rige por las medias tintas o los puntos medios. Pero la falacia reside justamente aquí, en creer que la única manera de concebir la política como conflicto implica necesariamente la eliminación del enemigo. Única justificación posible del “Vamos por todo” de Cristina.
Mucho antes que Carl Schmitt, y que Laclau por supuesto, Niccolò Machiavelli entendió la política como la lucha entre las partes. Pero esta lucha no era a muerte. Se trata de una lucha en la que una parte avanza sabiendo que la otra se retrae pero no desaparece; la parte vencida aguarda el momento para hacer nuevamente su aparición. De este modo, no hay eliminación del enemigo, y el vencedor lo sabe. Por eso a comienzos del Príncipe el consejo que se le da al gobernante es acceder al principado y luego mantenerlo. La clave de la política, a mi entender, está en la segunda parte del consejo. Sólo puede pensarse la dificultad de mantener el poder si se está en la certeza de que aún habiendo ganado, las partes vencidas pueden hacer una próxima jugada. Sólo una cuestión más para agregar, las partes en disputa son siempre pares, recordemos que Machiavelli –conocedor en extremo de la política y la historia romana- elige el concepto de Príncipe (Primus inter pares) para pensar en el gobernante de la Italia unida.
De todo esto, mucho saben muchos intelectuales que apoyan al gobierno actual y, por supuesto, sus teóricos Laclau y Mouffe. Sinceramente no se cuánto saben Cristina y sus acólitos. La diferencia entre el concepto de política totalitaria de Schmitt y el realismo político de Machiavelli salta a la vista. El alemán piensa en la eliminación del disenso, es más, piensa en la eliminación del disidente. El italiano sabe del disenso y desconfía de las negociaciones, pero también sabe que el vencedor es tal por un pequeño momento de la historia. Saberse vencedor por un tiempo es abonar a la democracia, eliminar al enemigo para ser el único es abonar al totalitarismo. La pregunta sería, entonces, ¿por qué estamos más cerca del alemán que del italiano?   
            En este punto, tenemos que decir que la cuestión de fondo no es ética (en el sentido tradicional del término) sino política. Política entendida como retórica, como intercambio de pares que no se ponen necesariamente de acuerdo; política en tanto se construye a través de la diferencia, gracias al disenso y para la diversidad. Política entendida también como la posición ética que debemos adoptar frente a nuestra actualidad. Como decía Foucault en su célebre ¿Qué es la ilustración? de 1984, se trata del ethos en tanto actitud de interrogación de nuestro presente. Una posición ética dentro de la pólis. De esto se trata la política, a mi entender, por excelencia.
            Entonces, ¿“volvió la política”? No. Jamás estuvimos tan lejos de la política. Parafraseando nuevamente a Foucault, digo que donde hay disenso encontramos la  política, de lo contrario se trata de obediencia.
            Ya sabemos que el partido de gobierno obedece al soberano porque le conviene. Obtiene cosas a cambio. Este es el modo en el que nacen los rudis, los lázaros y los fariñas. Pero ¿por qué parte de los oi poloi, sin obtener nada a cambio, sostienen élites al poder que los dejan al margen de las ganancias? En otros términos, ¿por qué partidos de pseudo izquierda como los que lideran Sabatella o Heller apoyan un gobierno que tiene a Boudou como vicepresidente? ¿Qué hay del progresismo en un partido que vota en el congreso la ley anti-terrorismo?
Ensayo una respuesta, pero estoy segura de que no es la única posible. A mi entender le ganó la ideología a la política. Los que defienden este modelo siguen una idea, de allí el término ideología. Podríamos comparar el concepto de ideología que enceguece actualmente con el concepto de idolatría que denuncia Agustín de Hipona cuando se da cuenta que lo peor que le puede pasar al cristianismo es que los fieles sigan ídolos y adoren imágenes (sí, ya Agustín entendió que le problema político reside en la adoración de los ídolos). Seguir un ídolo, no importa si es a Cristo o a Cristina, nos libera de responsabilidad. Ya no importa cuál es nuestra posición ética en la pólis, solo importa la posición de los ídolos.
            Pero aún no hemos resuelto la cuestión que más llama la atención, y dudo que podamos resolverla cabalmente. Aún así, vale la pena impostarla del siguiente modo: ¿por qué los críticos convencidos cedemos ante el discurso del gobierno?, ¿por qué hemos perdido la conciencia del poder que tenemos? No se por qué, pero sí se que tenemos poder porque, como dicen Machiavelli y luego Foucault, el poder atraviesa las relaciones. Todos podemos. Todos podemos algo. En nuestro caso, hemos perdido de vista el verbo (poder) y no nos ponemos de acuerdo en el objeto (algo). Si entendiéramos que el poder no es sumisión, es decir, aquello que se ejerce de arriba hacia abajo, sino que es la forma en la que nos relacionamos los hombres, seguramente no viviríamos en un reino de ciegos y no gobernaría el defectuosísimo kirchnerismo.
            Este texto es una pequeña reflexión que intenta poner algo de luz a una preocupación de fondo que quiero compartir porque en la soledad de mis palabras, se que no estoy sola.   

“Autoinmunidad: El cuerpo se defiende de sí mismo”

Por Constanza Serratore

Mucho se habla acerca de la inmunidad. Sabemos que es un término polisemántico que se aplica tanto a la noción de la inmunidad médica, como a la de los programas de informática desarrollados para protegernos de los virus o a la idea de inmunidad diplomática o política.  
En el lenguaje de la filosofía política, la categoría de ‘inmunidad’ refiere tanto a la protección como a la negación de la vida. La ambivalencia semántica del término fue rastreada en profundidad en Immunitas (2002) por Roberto Esposito, filósofo italiano contemporáneo que fue parte de los debates filosófico/políticos de los últimos 30 años.
Para el autor, la categoría de inmunidad es la clave hermenéutica de la modernidad. Pero, a diferencia de otros paradigmas de interpretación, la ‘inmunización’ permite atravesar distintos lenguajes particulares (médico, jurídico, etc.) y conducirlos a un mismo horizonte de sentido. Es decir, desde la modernidad a nuestros días, todos los esfuerzos tienden a la protección de la vida (individual o colectiva), aún corriendo el riesgo de que las barreras inmunitarias terminen negando la vida misma.
La inmunidad tiene un pliegue interno: no es lo mismo la inmunidad innata que la adquirida. Si la primera refiere a cierta pasividad en la protección de los cuerpos, la segunda supone la incorporación de dosis no letales del mal del que se busca salvar. En términos médicos, sería el pasaje de la inmunidad natural al de la vacunación surgido con R. Koch y L. Pasteur en el que se supone que la inoculación de la bacteria que produce el mal es lo que salva. Una dosis no letal de muerte para la conservación de la vida.
Pero, ¿qué es lo que protege o niega la inmunidad? La inmunidad se refiere al cuerpo. El cuerpo es el confín dentro del que se desarrolla la vida, es el límite. Muerto el cuerpo, no hay más vida. Por ello, no puede pensarse la vida sin la muerte, ni la comunidad sin la inmunidad: son polos que suponen mutuamente en un movimiento de oscilación pendular.
En términos políticos, no hay comunidad sin algún tipo de inmunidad. Por ejemplo, el aparato jurídico de las sociedades contemporáneas es el dispositivo inmunitario que protege las vidas de los particulares y de los estados. Sin embargo, como ya dije, al mismo tiempo que protege, niega.
Pues bien, ¿qué sucede cuando el sistema inmunológico es alterado? Se corren dos riesgos. Uno es el del contagio, término que recorre todos los lenguajes modernos: los virus informáticos proliferan, las células terroristas asustan porque se teme el contagio, los individuos nos vacunamos preventivamente. La apoteosis del contagio es la inmunodeficiencia, es decir, cuando el sistema pierde actividad y es expuesto a infecciones recurrentes que ponen en riesgo la vida.
El otro riesgo es el de la hiperactividad del sistema, es decir, las enfermedades autoinmunes que atacan los tejidos ‘normales’ como si fueran organismos extraños. En este caso, el sistema inmunitario falla en su capacidad de distinguir adecuadamente lo propio de lo extraño y ataca su propio organismo. Un ejemplo de esta enfermedad es la esclerosis múltiple, que consiste en la aparición de lesiones del sistema nervioso central. Aunque se desconocen las causas, lo cierto es que están involucrados diversos mecanismos autoinmunes que alteran el funcionamiento de la barrera hematoencefálica que se encuentra entre el sistema nervioso central y la sangre causando problemas en las paredes de los vasos sanguíneos. Esta alteración hace que las células T (que coordinan la respuesta inmune celular) ataquen al propio sistema nervioso.
Estas enfermedades llevan en sí misma la máxima paradoja: no se trata de la disminución de las defensas, sino de un exceso vuelto contra sí mismo. Es decir, se dañan a sí mismas en su intención de herir al enemigo, lo que en el discurso bélico podrían ser los ‘daños colaterales’ provocados por la falta de precisión del uso de la defensa. Pero también se trata de una forma disolutiva del propio cuerpo, ya no remisible a una guerra con un enemigo externo, sino alguna forma de guerra civil.
Lo que horroriza de este exceso defensivo que termina volcándose contra el propio cuerpo es la falta de un enemigo externo. No se trata de una guerra tradicional, en el sentido de un pólemos con dos enemigos contrapuestos, sino de un stásis, una fuerza sublevada contra su propia substancia que es capaz de aniquilar todo lo que rodea, inclusive a sí misma. El resultado de este enfrentamiento no es la victoria de alguna de las partes, sino la anarquía, la proliferación irrefrenable del disenso interno.
Aún así, el elemento más relevante de las enfermedades autoinmunes y sus paralelismos con la stásis reside en que el sistema inmunitario procede oponiéndose a todo lo que reconoce, y para reconocer lo otro de sí primero debe reconocerse. Por lo tanto, lo que habría que explicar no es por qué a veces se agrede a sí mismo, sino por qué hay veces que no lo hace. Es decir, hay que explicar la ausencia de autoinmunidad porque la revuelta destructiva de un sistema contra sí mismo es el impulso natural de su función. ¿Acaso el término phármakon no indica al mismo tiempo veneno y remedio?

La dialéctica inmunitaria, como dije al comienzo, es la incorporación de lo negativo; su función autoinmunitaria es el redoblamiento de su fuerza, es la confirmación y la radicalización de que todo será destruido, inclusive el cuerpo que se autodefiende.  

martes, 28 de mayo de 2013

Bio de Constanza Serratore

Constanza Serratore es Doctora en Filosofía. Trabaja como docente en la Universidad de Buenos Aires e investiga en el Centro de Investigaciones Filosóficas (CIF). Fue becaria de Conicet y ha publicado numerosos artículos en revistas académicas especializadas. 

Ha sido parte del comité de organización de distintos eventos académicos, y coordinó la publicación del dossier sobre filosofía política italiana para la Revista Pléyade. 

Su trabajos de investigación giran en torno a la biopolítica y filosofía política contemporánea, especialmente desde la perspectiva compartida con el análisis de Roberto Esposito. Actualmente se dedica a estudiar la «differenza italiana» o «Italian Theory». 

viernes, 15 de julio de 2011

Un reportaje de ideas: en Irán (1978-1979)* - Michel Foucault



A partir de la iniciativa del periódico italiano Corriere della sera, Michel Foucault acude dos veces a Irán. La primera vez desde el 16 al 24 de septiembre de 1978. La segunda, del 9 al 15 de noviembre de 1978. Durante esas dos estadías, Foucault comenta dentro de un marco periodístico la caída del Sha, pero sobre todo lo que le parece entonces central: el acontecimiento de una revuelta popular.

lunes, 4 de julio de 2011

“Democratización de la educación superior: ¿la masificación es progreso?”

Por Constanza Serratore
Introducción
El texto “Reflexiones sobre Pedagogía Universitaria: problemas y perspectivas[1]” se abre con dos afirmaciones relevantes que podrían ser puestas en discusión, o mejor aún, que la relación entre ambas podría ser cuestionada.
Por un lado, la afirmación de que en los años ’90 en Argentina se operó un cambio estructural en el sistema productivo que derivó en transformaciones relativas a las esferas económico-social, político-institucional y cultural.
Por el otro, la idea de que la Universidad, en tanto institución social, se ha orientado a la satisfacción de la demanda social por la educación superior y otras cuestiones vinculadas con la mejora de la calidad académica. 

jueves, 19 de mayo de 2011

Che cos’è un filosofo? Che cos’è lei professor Foucault? di Michel Foucault

Che cos’è un filosofo?
Qu’est-ce qu’un philosophe?, entretien avec M.-G. Foy, «Connaissance des hommes», n.22, automne 1966, p. 9; DE I, t. 42, pp.532-33.
(cfr. "L'ultimo uomo" di Antonella Cutro)


Qual è il ruolo del filosofo nella società?
Il filosofo non ha ruolo nella società. Il suo pensiero non può essere collocato in rapporto al movimento attuale del gruppo. Socrate ne è un eccellente esempio: la società ateniese non ha saputo riconoscegli che un ruolo sovversivo, il suo mettere in questione le cose non poteva essere ammesso dall’ordine costituito. In realtà, è dopo un certo numero di anni che si prende coscienza del posto di un filosofo, insomma gli si assegna un ruolo retrospettivamente.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Seminarios del Grupo Biopolítica 2011

La Universidad Diego Portales de Chile organiza un Seminario de Biopolítica que se llevará a cabo a lo largo de cuatro encuentros.

Se adjunta el link con programa para quien le interese.

http://www.biopolitica.cl/pags/seminario_grupo11.html

viernes, 29 de abril de 2011

L’IMMAGINAZIONE È IL SEME DEL COSMO

Antonio Negri
L’immaginazione trascendentale nel materialismo. Essa si svolge a lato, meglio, a contatto, in sincronia con l’intenzione che ha percorso la sensibilità ed ha penetrato significativamente l’esistenza del mondo. Come «larva» ora l’«imago» sorge da questo reale. Ne segue le insenature, rinnova – nella realtà – le movenze del senso, le intellettuali e materiali possibilità. Resiste alle difficoltà. Poi la larva si fa farfalla. Il senso produce un sogno che è più reale del reale. Un «più reale» – che è sensato perché risponde al desiderio che ha costituito la realtà e ora costituisce l’iperrealtà dell’immaginario. Larva, seme, spirito di vita animale, sensitiva e sensuale, è lo spirito metafisico che viene sviluppandosi. Il suo luogo è lo spazio infinito e inesauribile dell’universo pensato. L’ontologia è materiale.

miércoles, 20 de abril de 2011

Intelectuales, la tierra fértil del kirchnerismo

Por Beatriz Sarlo

Ninguna encuesta los registra. Sin embargo, muchos están preocupados porque existen. No es una adivinanza. Es el kirchnerismo de intelectuales, académicos, profesionales, escritores, artistas, periodistas. Si se piensa la política sólo con los grandes números, se obtiene una "opinión pública" en la que ellos están ausentes porque no pesan como fracción encuestable. Se pierde, así, una zona extraordinariamente activa del mapa ideológico.